Columna de Astronomía | Las primeras huellas de la astronomía en Chile

El legado de la astronomía en Chile es reciente, pero refleja el gran desarrollo que hoy tiene esta ciencia en el país

Los conocimientos científicos, la imagen que tenemos de la realidad y del universo así como nuestra calidad de vida, son aspectos íntimamente conectados entre sí que se han desarrollado a lo largo de la historia de nuestra civilización, junto con la tecnología y con nuestra capacidad de utilizar los recursos disponibles. Eratóstenes, en el III siglo a.C., midió el tamaño de la Tierra a través de un razonamiento brillante y herramientas rudimentarias, mientras que los Mayas midieron las posiciones de los astros y definieron su calendario utilizando construcciones de piedra que cumplían el rol de observatorios astronómicos. Hoy pretendemos medir el universo y buscar vida fuera de nuestro planeta empleando sofisticadísimos métodos e instrumentos.

En este camino, Chile adquiere un rol protagónico a partir de la segunda mitad del siglo XIX cuando apareció la necesidad de mapear los cielos del Sur. Es por esta razón que podemos encontrar reliquias de arqueo-astronomía relativamente recientes en nuestro país. Puede costar creerlo, pero los primeros telescopios en Chile no se instalaron en el desierto, sino que en pleno centro de Santiago, en el Cerro Santa Lucía (posteriormente trasladado al Cerro Calán) y en el cerro San Cristóbal.

En esa época la contaminación en la ciudad era mínima y aún no existía el concepto de instalar los observatorios en lugares remotos. Los primeros instrumentos y astrónomos llegaron al país con expediciones que procedían de EE.UU. y constituyeron las semillas de la astronomía nacional, la que luego cristalizaría en el Observatorio Nacional y en el Observatorio Foster de la Universidad Católica. Estas instalaciones estuvieron dentro de las más importantes del mundo en su época. Ambos sitios históricos podrán ser visitados en el próximo Día del Patrimonio, el domingo 29 de Mayo.

Visitar este lugar es volver al pasado, a una ciudad de cielos oscuros y transparentes, sin autos ni ruido, y revivir el trabajo de unos pocos astrónomos entusiastas Subir las laderas del Cerro San Cristobal rumbo al Observatorio Foster es emocionante si lo hacemos pensando en los científicos que en 1903, después de una larga travesía por mar, desembarcaron sus instrumentales en medio de una huelga en el puerto de Valparaíso y llegaron a Santiago para realizar mediciones astronómicas de vanguardia para esa epoca. Visitar este lugar es volver al pasado, a una ciudad de cielos oscuros y transparentes, sin autos ni ruido, y revivir el trabajo de unos pocos astrónomos entusiastas. Ellos aún nos hablan a través de las antiguas placas fotográficas que tantas horas insomnes deben haberles costado. Gracias a esa labor incansable, actualmente tenemos una visión precisa de nuestra galaxia y de la posición de nuestro sistema solar en ella.

Hoy día las cosas son muy distintas. Los observatorios astronómicos están ubicados en los lugares más remotos del desierto, donde equipos de cientos de ingenieros y astrónomos están a cargo. Las cosas ya no se hacen “a mano” ni “a ojo”, y potentes computadores realizan el trabajo de manera infinitamente más rápida y precisa. Hoy contamos con una nueva disciplina que llamamos astro-ingeniería en la que, motivados por los grandes interrogantes del universo, trabajamos en grandes equipos internacionales para diseñar los observatorios astronómicos del futuro.

En unos siglos más, es de suponer que los que hoy son los observatorios mas avanzados del mundo serán visitados por los astrónomos y los turistas del futuro, los cuales se asombrarán observando esos aparatos que ya serán parte del pasado, mientras que nuevos instrumentos, que ahora ni podemos imaginar, explorarán las profundidades del cosmos.